
“Muros de piedra no hacen una cárcel, ni barras de de hierro una jaula” ¿Quién mejor para entenderlo que Salman Rushdie? El autor de los Versículos Satánicos tuvo que aprender a vivir en la clandestinidad, protegido día y noche por la Rama Especial de Scotlan Yard, gracias a la fatwa efectuada por el ayatolá Joemini, quien lo condeno a muerte por las supuestas “blasfemias” contenidas en su libro, un ejemplar de realismo mágico que además es una critica al Islam.
El derecho a pensar más allá de los miedos y las amenazas, es lo que esta siendo atacado frontalmente en estos tiempos.
Encuentro en Ratzinger algo que lo acerca a Rushdie, y a muchos otros, como el escritor Naguib Mahfuz, quien luego de recibir dos puñaladas en el cuello, por fanáticos musulmanes en desacuerdo con sus críticas al wahabismo mahomico, declaró: “Nunca podré entender porque algunos aman tanto la violencia”
¿Qué los une entonces? El hecho de atreverse a opinar sobre el Islam y padecer luego las consecuencias.
Benedicto XVI ya declaró que lamentaba vivamente que algunos de los pasajes de su discurso hubieran podido resultar ofensivos a la sensibilidad de los creyentes musulmanes, mi duda pasa por preguntarme si lo hizo por convicción propia o fue un acto de diplomacia que resultó del amedrentamiento de grupos terroristas iraquies que prometieron ataques en Roma y embajadores y presidentes exigiendo que corrigiera rápidamente sus “errores”. Naturalmente la respuesta resulta obvia
Iglesias quemadas, parlamentos pidiendo explicaciones, terroristas preparados para lo peor, y todo esto, porque Ratzinger dijo que la yihad (guerra santa) es contraria a Dios, y que la violencia no es compatible con la religión. ¿Un hombre de Dios osa decir que no se puede matar en nombre de Dios y tiene que pedir perdón?
Es verdad, podríamos decir que antes de criticar otra religión tendría que empezar por criticar su propia culpa cristiana, y podría haber utilizado citas un poco más agraciadas que las del emperador bizantino Manuel Paleólogo para hacer referencia a los orígenes violentos de la expansión del Islam, pero esto no justifica de ninguna manera la reacción del Islam.
Les hacen una crítica sobre el uso indiscriminado de la violencia y lo primero que hacen es lanzar cócteles molotov contra iglesias cristianas, salir a decir que juran “destruir las cruces en el corazón de Roma” y que no descansarán “hasta que vuestros tronos y vuestras cruces sean destruidos” (Según una publicación en Internet de el grupo terrorista iraquí Jaiech al Muyahidin).
Lo que dijo Ratzinger( sujeto a debate) me parece personalmente bastante lógico, pero acá ese no es el tema, lo que importa es la “ Falta absoluta de cultura democrática que ahoga al Islam y que nos ahoga a todos” como dice Pilar Rahola (periodista catalana que particularmente es santa de mi devoción).
Una comunidad tan compleja como la islámica no puede ser reducida de forma simplista a la imagen malvada que la propia visión ultrareligiosa quiere dar, existe sin duda un Islam de paz y un Islam de guerra, pero ¿Dónde esta el Islam del cual nos hablaba Sartori?.
Miles de personas gritando porque el Papa se manifestó en contra de la violencia, pero ¿Dónde están esas miles de personas cuando, EN NOMBRE DE DIOS, se matan a ciudadano en subtes, edificios, y aviones?.
El Islam de guerra impone su voz. Ese Islam hoy silencia a Ratzinger, pero necesita de sus propios Ratzinger, Rushdie y Mahfuz para que esta situación trágica de inversión de valores sea controlada.
Las disculpas del papa, lejos de ser el éxito de la diplomacia, de la prudencia, son la clara imagen de la derrota de la razón, de un nuevo quiebre de la libertad.