
“La Argentina es un cuerpo de mujer que esta embalsamado” decía Tomas Eloy Martinez en su libro Santa Evita, y es que la memoria no pesa, pero el cuerpo si, y se convierte en un ancla que no nos deja avanzar.
Resulta difícil explicar tanta pasión truculenta por la muerte, pero la historia nos demuestra que en efecto, la necrofilia fue desde los orígenes de Argentina, casi un signo de identidad.
El primer indicio aparece ya con Pedro de Mendoza, primer fundador de la ciudad de Buenos Aires que se aplicaba sangre de hombres que el mismo mandaba a matar con la intención de curarse de la sífilis que padecía.
Después vino la odisea del cuerpo del general Lavalle, que fue paseado por la Quebrada de Humahuaca por sus hombres, que tenían la esperanza de llegar a Potosí, para proteger el cadáver de sus enemigos. La muerte hacia estragos en el cuerpo, y para su séquito seguir viaje así era casi insoportable. Enterrarlo y dejarlo a merced de sus verdugos no era una opción, y por eso optaron por detenerse al costado de un arroyo y despellejarlo todo.
Y podemos empezar a mencionar hechos más recientes. La muerte de Evita en 1952 y el embalsamado de su cuerpo, que fue el comienzo de un proceso truculento, salvaje, que mostró el extremo de pesadumbres nacional y que duró años hasta que por fin el cadáver encontrara cierta paz, si es que se le puede decir así.
En 1987 podemos mencionar el robo de las manos de Juan Perón, que fueron tomadas de su tumba en el cementerio de chacarita y que nunca fueron recuperadas. Dos años más tarde la aparición en Plaza de Mayo de la cabeza de Miguel Martínez de Hoz, abuelo del ministro de economía de la última dictadura militar, cuya tumba había sido profanada semanas antes.
Los muertos son un arma de negociación política eficaz y muy frecuente, y Carlos Menem parece que lo sabía y pudo aportar mucho a la epidemia de necrofilia. En 1989, cuando las cosas no andaban del todo bien con su plan económico, ordenó que se repatriaran las cenizas de Rosas, que estaban en el exilió en Southampton y de ahí siguió el traslado de decenas de tumbas, entre ellas Vicente López. Uno de los últimos fue Juan Bautista Alberdi, en vísperas de las elecciones para gobernador en Tucumán, en las cuales competía Palito Ortega, el ex presidente viajó a Tucumán con los restos de Alberdi, gesto que inclinó la balanza a favor del cantante devenido en político, que hasta ese momento estaba perdiendo.
Pareciera que tenemos un instinto fatal de autodestrucción, veneramos la muerte y nos volvemos un país oscuro, de pasiones antihumanas.
Todo esto se vio reflejado el martes de esta semana, cuando el cadáver de Juan Domingo Perón era trasladado desde la CGT hasta el Mausoleo de San Vicente que aparentemente, según dicen, será su residencia definitiva (remarco porque en Argentina parece no haber garantías ni para los muertos y sentar algo en carácter definitorio parece muy ingenuo).
“La argentinidad al palo” como dice una canción, describe los disturbios que surgieron en el que pretendía ser una suerte de homenaje, una muestra más del salvajismo argentino.
Intercambios de piedras, palazos y hasta disparos de armas de fuego animaron la procesión(porque decir la fiestita peronista me da “noseque”...) y dejaron como saldo cerca d
e 50 heridos.Un típico día peronista, podríamos concluir, porque ¿Acaso nos sorprende un día así? No, y peor, es otra de las brutales vueltas al pasado que traen fantasmas de los peores.
Ya tenemos a Jorge Julio López designado como el “primer desaparecido en democracia” y ahora sobrevuela la sombra de la tragedia de Ezeiza. Me pregunto cuan lejos estaremos y cuanto falta para que los demonios del 76 vuelvan a aparecer. Y es que, somos los argentinos los que traemos constantemente el pasado, y no entendemos que para seguir avanzando hay que dejar el pasado atrás, donde corresponde.
Nos ocupamos de los muertos, peleamos salvajemente en torno a un féretro, y no nos damos cuenta que estamos jugando con fuego, jugamos con el pasado en vez de ocuparnos de los vivos, del ahora. Me pregunto cuanta falta para que nos quememos otra vez.
Pero es así, el dulce de leche, el colectivo, la birome, la necrofilia,el vivir en el pasado, son orgullo nacional y por ahí hace falta quemarnos otra vez para entender que con fuego no se juega.










