miércoles, octubre 18, 2006

La argentinidad al palo


“La Argentina es un cuerpo de mujer que esta embalsamado” decía Tomas Eloy Martinez en su libro Santa Evita, y es que la memoria no pesa, pero el cuerpo si, y se convierte en un ancla que no nos deja avanzar.

Resulta difícil explicar tanta pasión truculenta por la muerte, pero la historia nos demuestra que en efecto, la necrofilia fue desde los orígenes de Argentina, casi un signo de identidad.

El primer indicio aparece ya con Pedro de Mendoza, primer fundador de la ciudad de Buenos Aires que se aplicaba sangre de hombres que el mismo mandaba a matar con la intención de curarse de la sífilis que padecía.

Después vino la odisea del cuerpo del general Lavalle, que fue paseado por la Quebrada de Humahuaca por sus hombres, que tenían la esperanza de llegar a Potosí, para proteger el cadáver de sus enemigos. La muerte hacia estragos en el cuerpo, y para su séquito seguir viaje así era casi insoportable. Enterrarlo y dejarlo a merced de sus verdugos no era una opción, y por eso optaron por detenerse al costado de un arroyo y despellejarlo todo.

Y podemos empezar a mencionar hechos más recientes. La muerte de Evita en 1952 y el embalsamado de su cuerpo, que fue el comienzo de un proceso truculento, salvaje, que mostró el extremo de pesadumbres nacional y que duró años hasta que por fin el cadáver encontrara cierta paz, si es que se le puede decir así.
En 1987 podemos mencionar el robo de las manos de Juan Perón, que fueron tomadas de su tumba en el cementerio de chacarita y que nunca fueron recuperadas. Dos años más tarde la aparición en Plaza de Mayo de la cabeza de Miguel Martínez de Hoz, abuelo del ministro de economía de la última dictadura militar, cuya tumba había sido profanada semanas antes.

Los muertos son un arma de negociación política eficaz y muy frecuente, y Carlos Menem parece que lo sabía y pudo aportar mucho a la epidemia de necrofilia. En 1989, cuando las cosas no andaban del todo bien con su plan económico, ordenó que se repatriaran las cenizas de Rosas, que estaban en el exilió en Southampton y de ahí siguió el traslado de decenas de tumbas, entre ellas Vicente López. Uno de los últimos fue Juan Bautista Alberdi, en vísperas de las elecciones para gobernador en Tucumán, en las cuales competía Palito Ortega, el ex presidente viajó a Tucumán con los restos de Alberdi, gesto que inclinó la balanza a favor del cantante devenido en político, que hasta ese momento estaba perdiendo.

Pareciera que tenemos un instinto fatal de autodestrucción, veneramos la muerte y nos volvemos un país oscuro, de pasiones antihumanas.

Todo esto se vio reflejado el martes de esta semana, cuando el cadáver de Juan Domingo Perón era trasladado desde la CGT hasta el Mausoleo de San Vicente que aparentemente, según dicen, será su residencia definitiva (remarco porque en Argentina parece no haber garantías ni para los muertos y sentar algo en carácter definitorio parece muy ingenuo).

“La argentinidad al palo” como dice una canción, describe los disturbios que surgieron en el que pretendía ser una suerte de homenaje, una muestra más del salvajismo argentino.

Intercambios de piedras, palazos y hasta disparos de armas de fuego animaron la procesión(porque decir la fiestita peronista me da “noseque”...) y dejaron como saldo cerca de 50 heridos.


Un típico día peronista, podríamos concluir, porque ¿Acaso nos sorprende un día así? No, y peor, es otra de las brutales vueltas al pasado que traen fantasmas de los peores.
Ya tenemos a Jorge Julio López designado como el “primer desaparecido en democracia” y ahora sobrevuela la sombra de la tragedia de Ezeiza. Me pregunto cuan lejos estaremos y cuanto falta para que los demonios del 76 vuelvan a aparecer. Y es que, somos los argentinos los que traemos constantemente el pasado, y no entendemos que para seguir avanzando hay que dejar el pasado atrás, donde corresponde.

Nos ocupamos de los muertos, peleamos salvajemente en torno a un féretro, y no nos damos cuenta que estamos jugando con fuego, jugamos con el pasado en vez de ocuparnos de los vivos, del ahora. Me pregunto cuanta falta para que nos quememos otra vez.

Pero es así, el dulce de leche, el colectivo, la birome, la necrofilia,el vivir en el pasado, son orgullo nacional y por ahí hace falta quemarnos otra vez para entender que con fuego no se juega.

miércoles, octubre 04, 2006

El libre pensamiento se arrodilla


“Yo, Galileo Galilei, abandono la falsa opinión de que el Sol es el centro del Universo y está inmóvil. Abjuro, maldigo y detesto los dichos errores”.

Esto decía el “padre de la astronomía moderna” el 22 de Junio de 1633 en su abjuración ante el tribunal de la Inquisición en la iglesia Santa María sopra Minerva.

A los setenta y nueve años, tras sufrir inimaginables torturas y largos y agotadores interrogatorios por parte de la Inquisición, el hombre que había dedicado su existencia a observar y estudiar el Universo tuvo que admitir de rodillas que el trabajo de toda su vida, había sido solo un error. De esta forma negó que el Sol fuese el centro del Universo y que la tierra girase en torno a su eje y alrededor del Sol, teorías que molestaban a la Iglesia Católica, que defendía un modelo geocéntrico del Sistema Solar.

Hoy 28 de Septiembre de 2006, el pensamiento libre se pone de rodillas, se doblega una vez más ante el miedo.
En Alemnia, Kirsten Harms, directora general de la Deutsche Oper de Berlín, tomó la decisión de suspender el reestreno de la ópera de Mozart en la versión de Hans Neuenfels, porque esta contiene escenas que podrían ofender a los musulmanes.

Esta ópera, que tiene música de Mozart y libreto de Giambattista Varesco, cuenta la historia de Idamante, hijo de Idomeneo(Rey de Creta), e Ilia, princesa troyana prisionera de los cretenses, y como su amor, con ayuda de los dioses, triunfa e une a los dos pueblos.
El final feliz es reemplazado en la versión de Neuenfels, quien incorpora al final una decapitación religiosa, proponiendo así, una visión de un mundo sin dioses. Más concretamente, en la última escena Idomeneo muestra las cabezas decapitadas de Jesús, Buda, Neptuno y Mahoma.

A pocas semanas de lo ocurrido con Benedicto XVI luego de su discurso en Ratisbona, se dispara nuevamente la discusión sobre la ruptura de la libertad.

Hemos llegado a la etapa de la censura más avanzada, la autocensura. Estamos retrocediendo, estamos dejando que el fundamentalismo islámico triunfe por sobre nuestra libertad.
El miedo adopta muchas formas y nos gobierna, y la verdadera guerra es contra el miedo. Aceptar la pérdida de derechos y libertades, censurar el arte por expresar conceptos que otros pueden malinterpretar, es dejar que el miedo y aquellos que viven del miedo, triunfen.

Hoy, Galileo es nuevamente torturado en Santa María sopra Minerva. Hoy, volvemos a callar y a someternos ante las fuerzas del ultraislamismo. ¿Cuanto más nos queda por arrodillarnos?

A sus setenta y nueve años Galileo salía de la iglesia muerto en vida por desmentir todo en lo que creía. Sus discípulos lo esperaban a la salida y lo único que escucharon de el fue:
“Eppur si muove” que traducido significa “Y sin embargo se mueve”.
Yo hoy digo que el diálogo entre culturas sólo puede tener éxito sin miedo a la crítica, que no nos callemos, que dejemos que nuestros pensamientos salgan, gritemos si es necesario pero no dejemos que el miedo nos gane.